Una Persona Moral y Libre: Dios creó al hombre a su propia imagen, inocente, moralmente libre y responsable para escoger entre el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto. Por el pecado de Adán, el hombre, como heredero de Adán, está corrompido en su misma naturaleza, de modo que desde su mismo nacimiento está inclinado al pecado.
La Ley de la Vida y el Amor: La Ley de Dios para la vida humana, personal y social, está expresada en dos mandamientos divinos: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y a tu prójimo como a tí mismo.” Estos mandamientos nos revelan lo que es mejor para el hombre en su relación con Dios, con las demás personas y con la sociedad.
Las Buenas Obras: Las buenas obras son fruto de la fe en Jesucristo, pero las obras no pueden salvarnos de nuestros pecados ni del juicio de Dios. Como expresiones de la fe cristiana y el amor, nuestras buenas obras, hechas con reverencia y humildad, son agradables y aceptables a Dios. Sin embargo, el hombre no puede ganar la gracia de Dios por sus buenas obras.
El Sacrificio de Cristo: Cristo ofreció una vez y para siempre el único sacrificio perfecto por los pecados de todo el mundo. Ninguna otra satisfacción por el pecado es necesaria; ninguna otra puede redimir.
La Nueva Vida en Cristo: Una nueva vida y una correcta relación con Dios son posibles por medio de los actos redentores de Dios en Cristo Jesús. Dios, por su Espíritu, actúa para impartir nueva vida y llevarnos a una relación correcta con él, al arrepentirnos y responder con nuestra fe a su gracia. La justificación, la regeneración y la adopción, cada una por sí nos habla significativamente de nuestra entrada y continuidad en la nueva vida.
La Entera Santificación: La entera santificación es obra del Espíritu Santo, después de la regeneración por medio de la cual el creyente plenamente consagrado, ejercitando fe en el sacrificio expiatorio de Cristo, es limpiado instantáneamente de todo pecado interior y equipado para el servicio. La relación producida es afirmada por el testimonio del Espíritu Santo y conservada por medio de la fe y obediencia. La entera santificación habilita al creyente para amar a Dios con todo su corazón, alma, fuerzas y mente y a su prójimo como a sí mismo, y lo prepara, para un mayor crecimiento en la gracia.
La Restauración: El cristiano puede ser mantenido en una creciente relación con Jesús como Salvador y Señor; pero a la vez contristar al Espíritu Santo en las relaciones de la vida sin volver al dominio del pecado. Cuando esto sucede debe aceptar humildemente la corrección del Espíritu Santo, confiar en la intercesión de Jesús y confesar sus pecados y apartarse de ellos. Sin embargo el cristiano puede pecar conscientemente y cortar su relación con Cristo. Aun así, por el arrepentimiento ante Dios, se garantiza el perdón y restauración de la comunión con Cristo, pues no todo pecado es el pecado contra el Espíritu Santo, o sea el pecado imperdonable.