En la lección anterior vimos la condición lamentable bajo el control del pecado. Sin embargo Dios en su grande misericordia no abandonó al hombre sino que le prometió la salvación por medio de Jesucristo. En esta lección vamos a examinar este plan de salvación.
Requisitos para el Hombre
En el principio Dios hizo toda provisión para la felicidad eterna del hombre. El hombre cayó en el pecado sin necesidad y tiene que llevar su culpa por tal acción. Es lógico entonces que Dios requiera algo de él para poder restablecerse en el favor de Dios.
El Arrepentimiento-. El primer requisito es el arrepentimiento. Esta doctrina fue predicada por Jesucristo (Mateo 4:17) y por los apóstoles (Hechos 20:21; II Pedro 3:9; II Timoteo 2:25). Cristo puso énfasis sobre la necesidad del arrepentimiento en Lucas 13:3 cuando dijo que si no nos arrepentimos todos pereceremos. ¿Qué quiere decir esta doctrina tan importante? Ciertamente no significa solo la confesión del pecado aunque la incluye. Juan Wesley dijo: “Por arrepentimiento quiero decir convicción de pecado, produciendo deseos reales y decisión sincera de corrección” (Wiley- Culbertson, “Introducción a la Teología Cristiana”, pág. 297). De aquí vemos que el arrepentimiento encierra no solamente un deseo de abandonar el pecado sino también una decisión firme de dejar el pecado y seguir a Cristo. Como en el Edén el Hombre decidió seguir su propio consejo en lugar de la voluntad de Dios, en el arrepentimiento, tiene que decidir abandonar su pecado y servir a Dios. En este acto hace uso de su libre albedrío en decidir servir a Dios.
La Fe.- El segundo requisito es la Fe. “Empero sin fe es imposible agradar a Dios: porque es menester que el que a Dios se allega, crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (Hebreos 11:6). Sencillamente, la fe es confianza en la Palabra de Dios. Puede usted buscar en toda la Biblia y no encontrara ni una sola vez que Dios ha hablado mentiras. Si Dios es veraz, pues, podemos tener confianza en su palabra. Dios promete que “ si confesamos nuestros pecados, E l es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad” (I Juan 1:9). Sabemos que Dios no puede mentir. Tenemos confianza pues, en que, fiel a su promesa, nos ha perdonado porque hemos confesado sinceramente nuestros pecados a El. Esto es fe.
La Salvación
El hombre no puede salvarse a sí mismo. Solo Dios puede salvarnos. Cuando hemos llenado los requisitos mencionados arriba Dios hace la obra en nosotros. Los teólogos tienen algunas expresiones para describir los distintos procesos de la Salvación. Vamos a considerarlos por separado para ayudarnos a comprender la grandeza de esta obra de Dios en nosotros.
Justificación.- El hombre es culpable del pecado delante de Dios y condenado a la muerte. Pero Jesucristo pagó nuestra culpa cuando murió en la cruz del Calvario por nuestros pecados. Así que Dios, por los méritos de Jesucristo, perdona al pecador que con verdadera fe y arrepentimiento viene a El. El pecador tiene sus culpas canceladas, su castigo remitido y es aceptado delante de Dios como justo. Llamamos a esto la justificación. (Lea Hechos 13:30-39; Romanos 2:23-26 y 4:5-8).
Regeneración.- En nuestra condición pecaminosa estábamos muertos en nuestros delitos y pecados (Efesios 2:1). ¡Poco vale perdonar los pecados de una persona muerta! Por supuesto la Biblia está hablando de una persona muerta espiritualmente. Para ser hijo de Dios uno tiene que volver a vivir espiritualmente o ser regenerado. Esto es lo que llamamos el Nuevo Nacimiento. Dios no solamente perdona nuestros pecados sino también nos da vida nueva en Cristo Jesús. (Lea Juan 1:13; 3:3-7; Efesios 2:1-5; II Corintios 5:17; Tito 3:5).
Adopción.- Adopción es el término usado para indicar que Dios nos ha aceptado como sus hijos. Cuando anduvimos en el pecado éramos hijos del diablo, pero ahora, justificados por la fe, Dios nos recibe otra vez en su familia y nos cuenta como sus hijos-herederos de Dios y coherederos con Jesucristo (Romanos 8:17). “La justificación quita nuestra culpa, la regeneración cambia nuestro corazón, y la adopción de hecho nos recibe en la familia de Dios” (Wiley- Culbertson, “Introducción a la Teología Cristiana”, pág. 325). (Lea también Gálatas 3:26; 4:3-7; Romanos 8:15-17).
El Testimonio del Espíritu.- ¿Cómo sabremos cuando somos hijos de Dios? El testimonio del Espíritu es la evidencia interna de la aceptación con Dios que el Espíritu Santo revela directamente al corazón del creyente. “Porque el mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu que somos hijos de Dios” (Romanos 8:16). Este es el privilegio de cada cristiano. Podemos saber de seguro por la revelación de Dios. (Lea también Gálatas 4:6; I Juan 5:10).
La Santificación
En el Antiguo Testamento Dios dijo a su pueblo: “Pues que yo soy Jehová vuestro Dios, vosotros por tanto os santificaréis, y seréis santos, porque yo soy santo” (Levítico 11:44). En el Nuevo Testamento leemos, “Porque la voluntad de Dios es vuestra santificación” (I Tesalonicenses 4:3). ¿Qué es esta santidad que la Biblia demanda de nosotros?
En la sección anterior acerca de la Salvación usamos la palabra pecado en su sentido común de actos pecaminosos cometidos por el hombre. Pero hay otro sentido de la palabra pecado usado en la Biblia. En este segundo sentido se refiere al pecado interior de la vida o la tendencia hacia la maldad que existe en el corazón humano desde la caída del hombre. La santificación quita esa raíz de pecado de nuestra vida.
Consagración.- Por nuestra parte la santificación requiere una completa consagración de nuestro ser al Señor y una dedicación perfecta a su causa. “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro racional culto” (Romanos 12:1).
Purificación.- El corazón lleno de pecado y depravación necesita ser purificado. San Pedro, describiendo la experiencia de Cornelio y su casa cuando fueron llenos del Espíritu Santo, dijo en Hechos 15:8-9: “Y Dios, que conoce los corazones, les dio testimonio, dándoles el Espíritu Santo también a nosotros y ellos, purificando con la fe sus corazones”. Por estos versículos vemos que la esencia de la experiencia de los discípulos en el día de Pentecostés era la purificación de sus corazones del pecado interior.
El Bautismo del Espíritu Santo.- Juan el Bautista, en un esfuerzo por explicar su bautismo a los judíos, dijo en Mateo 3:11 “Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; mas el que viene tras mí más poderoso es que yo; los zapatos del cual yo no soy digno de llevar; él os bautizará en Espíritu Santo y en fuego”. Esta promesa se cumplió en el día de Pentecostés cuando todos fueron “llenos del Espíritu Santo” (Hechos 2:4). Al purificar nuestros corazones de toda raíz de pecado Dios nos llena con su propio Espíritu. A veces se llama a esta experiencia, amor perfecto. Puesto que Dios es amor y estamos llenos de él, estamos llenos de Amor.
La Santificación.- pues, es la obra de gracia por la cual Dios purifica nuestros corazones del pecado heredado de Adán y nos llena de su santo Espíritu de amor. La santificación se recibe por la fe igual que la salvación. En la salvación Dios nos perdona nuestros pecados y nos acepta como hijos de Dios. Después nos purifica del pecado interior y nos llena de su santo Espíritu. Por tanto algunas veces llaman a la experiencia de santificación la segunda obra de gracia.
Creciendo en la Gracia de Dios
A veces los cristianos creen, equivocadamente, que la santificación es la culminación de la experiencia cristiana. Lejos de ser la culminación, es solamente el principio de una vida de constante crecimiento cristiano. No podemos quedar como niños recién nacidos en la gracia de Dios, sino que debemos crecer hacia la madurez cristiana. “Tanto para Juan Wesley como par Roberts, más allá del evento de limpieza completa llamado “Entera Santificación” y el Bautismo del Espíritu llamado “Amor Perfecto”, existe en el curso normal de la experiencia cristiana una progresión continua en santidad hacia la madurez completa” (Marston, “From Age to Age a Living Witnesss”. Pág. 288). Sigamos, pues, creciendo hacia la madurez Cristiana.