Una cáscara vacía
Cómo un pequeño niño Down comprendió mejor que nadie la enseñanza de la tumba vacía. Una ilustración de la resurrección.
Felipe no era como los otros niños. Era un jovencito agradable y feliz, pero le costaban mucho algunas cosas que eran fáciles para otros niños. Tenía un aspecto diferente, también, y todos sabían que era porque tenía síndrome de Down. Su maestro se esforzaba para que todos los niños de la clase de tercer grado jugaran juntos, pero la discapacidad de Felipe dificultaba su integración.
Se acercaba la pascua, y el maestro tuvo una maravillosa idea para su clase. Reunió unos cuantos moldes de huevos de pascua grandes, de plástico, y entregó uno a cada niño. Juntos, fueron todos afuera. Era un día hermoso.
– Quiero que cada uno de ustedes me traiga algo que les recuerde la Pascua, la nueva vida –dijo el maestro–. Pónganlo dentro del huevo y, cuando entremos, mostraremos lo que hemos encontrado.
La búsqueda fue gloriosa. Fue confusa. Fue salvaje. Los niños corrían por todo el terreno de la escuela, buscando símbolos, hasta que finalmente, sin aliento, todos estuvieron listos para volver al salón. Los pequeños de ocho años colocaron sus huevos sobre la mesa y, uno por uno, el maestro comenzó a abrirlos. Los niños estaban alrededor de la mesa, esperando.
Abrió uno, y había una flor. Todos hicieron:
– ¡Ohhh!, ¡ahhh!
Abrió otro, y encontró una mariposa.
– Hermosa –dijeron todas las niñas.
Abrió otro, y encontró una piedra.
– ¿Una piedra? –rieron todos. Pero el niño que la había encontrado dijo:
– Sabía que todos ustedes iban a traer flores y hojas y cosas así, entonces, tomé una piedra porque era algo diferente. Eso es la vida nueva para mí. Todos rieron otra vez.
Pero cuando el maestro abrió el último huevo, todos quedaron en silencio.
– ¡Ahí no hay nada! –exclamó finalmente un niño.
– Qué tonto –dijo otro–. Alguien hizo las cosas mal.
Entonces, el maestro sintió que alguien lo tocaba en la espalda y se volvió. Vio a Felipe parado junto a él.
– Es mío –dijo el niño–. Es mío.
Los niños dijeron:
– No lo hiciste bien, Felipe. Ese huevo no tiene nada adentro.
– Lo hice bien –dijo Felipe–. Está vacío. ¡La tumba está vacía!
Entonces se hizo un nuevo silencio. Un silencio profundo, algo inusual en niños de ocho años. Y en ese momento, se produjo el milagro. Felipe se convirtió en parte de esa clase de niños de tercer grado. Lo aceptaron. Pudo salir de la tumba de la indiferencia. A partir de entonces Felipe fue un amigo para sus compañeros.
Amigos míos, son famosas las pirámides egipcias porque contienen los cuerpos momificados de los antiguos potentados egipcios. La Abadía de Westminster, en la ciudad de Londres, Inglaterra, es renombrada porque en ella descansan los restos de los nobles y notabilidades inglesas. El cementerio de Arlington en la ciudad de Washington, Distrito de Columbia, EE. UU. es reverenciado porque es el honroso lugar donde descansan los restos de muchos americanos prominentes. Entre la tumba de Cristo y estos lugares que se acaban de mencionar existe una diferencia tan grande como la que existe entre la noche y el día. Estos lugares son famosos y atraen visitantes de cerca y de lejos por lo que contienen; mientras que la tumba de Cristo es famosa por lo que NO CONTIENE. ¡Que seas parte de ese Gran Milagro!